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El amor en Ajamil

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Minuto tres del recreo del 1 de abril del año 1945.

Yo jugaba al empujón con mis compañeros, con los pocos que jugaban y no estaban con lo de las casas azules. Era un juego algo bruto: consistía en intentar tirar a los demás por una pared de un metro y medio de altura, hacia abajo.

Entusiasmado, había logrado doblegar ya al precipicio a tres compañeros derrotados cuando me encontré empujando a Tami. Sí, sí, prometo que yo empujaba para verla llorar pared abajo con todas mis fuerzas, cuando, sin yo entenderlo, mis fuerzas flaquearon. Como suena, increíble fue. Justo cuando ya la tenía en el borde a punto de humillarla, mi cuerpo entero se deshizo de fuerza. Ese día no entendí qué me había ocurrido, solo que fracasé para echarla abajo. Yo empujaba con toda mi rabia, pero no. Algo en mis músculos, que yo no entendía, evitaba consumar mi victoria: lograr su humillación más absoluta.

A continuación lo intenté con otros y con los demás no había problema. Eché abajo incluso al Alejandrín, que era el más fuerte y tres veces más pesado que Tami, pero a ella, por más que empujara… nada. Yo sí quería, os lo juro por quien queráis, ¡palabra de un Saltacharcos! Si ni imagináis cómo empujé para arrojarla. Pero no. Mis músculos y piernas decidían por su cuenta sin mi criterio.

A partir de aquel día, nada.

Incluso, cuando no había nadie y no era recreo, yo le decía de dar un paseo para acercarme al muro y así por sorpresa intentar tirarla. Nada. No hubo ya manera. Jamás. A partir de aquel minuto tres del recreo de un día, jamás pude. Por más que me empeñara mis músculos ya no me respondieron jamás.

 

 

La casa azul y la hipnosis

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Entre sacos de conjeturas, seguían dándole vueltas y vueltas intentando saber qué había podido suceder en aquellas casas azules y, aunque cada barrio iba por libre en la búsqueda, sí que algunas veces los mozos que superaban los veinte años se aliaban para intentarlo con más intensidad. Terminando mayo, y ya después de descartar la hipótesis de asesinatos, se pensó en lo de la hipnosis para seguir investigando.

Cuando Raúl Peñalver «el Conde» lo propuso, se rieron pero tras pensarlo vieron que perder, perder, ya no perdían nada. El tal Raúl cumplía veinticuatro años y creo que ya tenía arrugas en toda su cara de darle vueltas intentando averiguar qué diablos había ocurrido. Incluso sus ojos se le habían vuelto algo añiles del reflejo de pasar demasiadas horas mirando aquellas ventanas pintadas de azul. Llevaba cientos de miles de minutos a sus espaldas con aquella búsqueda y se notaba. Esto era una constante en los mozos de más años: a medida que crecían y con más tiempo intentando averiguar los secretos de la casa azul, sus ganas de saber la verdad se multiplicaban exponencialmente.

Se intentaría con la hipnosis. Pero claro, qué sabíamos de eso en Ajamil. Pues como no teníamos ni idea, los mozos se inventaron otras tácticas para ir acoplándose a la idea.

—Hay que buscar algo que se menee con parecida velocidad y que lo miren —explicaba Raúl Peñalver— y ya después se duermen y nos contarán todo.

—¡Las campanas! —propuso rápido uno del Barrio Bajero, Pepín creo que se llamaba.

—Pero ¿quién mira las campanas?

—Quizá funcione —respondió Miguelón «el Pasas»—, se intenta y ya está, pero hay que hacerlo sin que nos vea el cura.

 

 

Las comediógrafas

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En Ajamil existían tres mujeres solteronas. Sí, sí, tres.

Ya en primavera, comenzando los festivales, se empezaba también a preparar las comedias que representarían a partir de junio. Las encargadas de pensarlas eran tres ancianas solteronas y hermanas que vivían juntas.

Las tres solteronas, «Las Milongas», se encargaban de buscar a los actores y de todo lo referente a escribir tan recargadas obras. El palitroque de su prosa era de las de traca en un puchero de metal de lo que sonaba. Pero con sorpresa, este año habían decidido declararse en huelga.

Sí, en huelga.

¿El motivo? Que el alcalde había decidido arreglar el escenario.  Al parecer, por problemas de desnivel la tierra de Ajamil se movía, el pueblo estaba cimentado en tierra, por lo que cada año todo se movía incluso un centímetro…

Ellas pensaron que era un manifiesto intento por destruir la cultura y se declararon en huelga. Por ello, el alcalde promulgó un bando para solucionar tan gigantesca tontería y buscó que el festival se celebrase como estaba previsto en junio.

Los primeros vasos de vino

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Primer vaso:

—Buenas tardes Clementín, como aquí está escrito, todavía faltan cinco minutos para que se cumpla la hora en que tú naciste y es mejor ir calentando la garganta, y no hay nada como el tinto para hacerlo. ¿Quieres un trago?

—No, gracias, tío Paco.

Segundo vaso:

—Ya quedan menos de tres minutos.

Tercer vaso:

—Un minuto, Clementín.

Cuarto, quinto y sexto vaso:

—Ya es la hora, Clementín, ya es la hora. Pues te contaré la verdad de la casa azul.

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